Chocolate
La escena era ridícula, podía pedir ayuda y me auxiliarían rápidamente, lo que pasó es que no tuve el coraje para gritar, no quería arruinar el momento...
Esta historia es de años atrás. Me encuentro sentada en el fondo del vagón preguntándome si es que vivía para escribir o escribía para vivir.
En ese entonces llegué a la conclusión de que escribía para vivir pues sólo tenía que cerrar los ojos para percibir con los cinco sentidos los productos seductores de mi imaginario.
¡Cruel encierro!
Pero ¿qué hacerle?
Todos tenemos nuestras jaulas...
Mientras eso ocurría un niño pequeño pasó con unos volantes pidiendo modestas cooperaciones. Lo recuerdo bien, no tenía zapatos, carecía de tono muscular y sus labios agrietados se refrescaban en saliva caliente.
Mi corazón tembló. En ese momento rebusqué en mi monedero pero había gastado lo que traía en una barra de chocolate.
Le dí la barra triste porque no podía darle más. El niño la tomó rápidamente y se la llevó a la boca al mismo tiempo que vigilaba que la matrona no volteará a verlo. Alcancé a escucharle un "gracias" mientras se atragantaba.
Le recuerdo sus pestañas de aguacero, espesas y largas. Sus ojos hundidos, pero de brillo ambarino que no miraban, vigilaban.
¡Cómo olvidarle!
Después de ese día y por largo tiempo, cada que subía al metro solía recordar sus pies a menudo, su bocaza manchada con chocolate y la sonrisa diminuta que me regaló...
Antes de subirme al vagón pienso que el día a día no basta, siempre se necesita una clase de... esperanza. Principalmente en la cuestión económica. Ahorrar me quitaría de bastantes penas. Por desgracia soy una persona que no está hecha para el dinero, como si nos odiáramos, él rápidamente desaparece de mis manos ¡Se va!
Con dificultad logré juntar veinte pesos, lo necesario para mis pasajes y un pan de dulce. Lo saboreo, escojo el pan en mi cabeza.Estoy sentada en el mismo lugar de años atrás. Voy pensando en sabores, en dinero, en el amor.
¡Qué patéticos son los que escriben para sentir, para vivir!
Un joven se subió en la estación Viveros, parecía que sería otro ambulante, esos fantasmas que deambulan regodeándose de ser visibles sólo ante quienes ellos quieren.
Sus zapatos eran de colores brillantes, decían ¡miren!
Tenia una sudadera negra muy burlona y un corte de cabello inquieto.
Verlo me erizó la piel, algo no andaba bien.
Su postura. Su aroma, mi instinto. De pronto, me di cuenta de que en el vagón sólo estábamos los dos y yo lo estaba mirando demasiado.
Era muy tarde, percibió agresión en mi rostro. Me confrontó, me agredió porque lo agredí con la mirada. Sacó la navaja barata y la enterró hasta tocar con su mano mi estómago.
Miré sus ojos, eran de un hermoso color ambarino. Una sonrisa de chocolate.

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