¡Qué día!

La garganta me dolía tanto que no pude contestar el teléfono. Sin embargo, mis pensamientos me pusieron de buen humor y unos chilaquiles fueron presa de mi hambre matutina.
La rutina. Todos los miércoles se repiten cotidianamente, me gusta el orden, el control de mis minutos.
Un viaje en el metro, un poco de agua en Balderas al esperar el vagón. El paseo por sueños jóvenes de lucha, los árboles verdes y violetas, siempre brillantes.
Durante la caminata memorizo las piedras, a las personas también. Es grato mientras voy, es grato mientras regreso y el cielo oscurece.
¡Qué día! Siempre había logrado - a pesar de lo largo y tedioso que puede llegar a ser- sonreír y permanecer alegre en mis viajes por el transporte público. Pero ella ¡Fue ella!
Una chica sentada al fondo lloraba inconsolable.
Al principio intenté ignorarla -otra chillona- pensé ¡Qué ganas de sufrir! Porqué la gente llora en público sin empacho, porqué no pueden fastidiarse la vida solos y evitar la vergüenza que de sus poros emana, la cara que dice -ayúdame, no puedo más...- Bah, guárdenlo para quién le importe.
Aún pensando todo esto, no despegué la mirada del final de ese vagón. Muy pronto, me fastidié también de sus ademanes de niña berrinchuda. Avancé un paso hacia ella; observé la manera en como se observaba en la ventana- ¡Qué ególatra!- dije mientras inevitablemente me acerqué otro paso.
Observé la forma despeinada de su cabello, era andrógino, no se empeñaba por darle una buena apariencia.
En ese cabello quedaban  vestigios de una gloriosa melena castaña.Quizá algún estilista desalmado le dijo que al cortarla resaltaría la forma ovalada de su rostro, ocultando la intención de cortar algo más que su cabello: su orgullo.
Y comencé a extrañar esa melena que nunca había visto.
Observé su perfil. Me molestaba no poder voltear la mirada, no entendía porque no podía dejar de verla.
Un perfil femenino, sin duda. A lo mejor intentó pensar como hombre varias veces, no es su culpa pues así los días se lo demandan. No había maquillaje o crema en su cara, era una mujer descuidada que, si no paraba de fruncir el seño, tendría unas arrugas tempranas.
Pero me molestó sobremanera ese momento en que vi una de sus lágrimas recorrer desde la mejilla hasta el cuello, resbalando por su piel hasta acomodarse entre su clavícula. Me molestaban sus pestañas húmedas, me molestó el roce de su hombro con mi hombro cuando me senté a su lado.
Me molestó que ni se inmutara, me molestó su aroma dulzón.
Me molestó cuando se levantó sin voltear a verme.
Me molestó tratar de gritarle y tan sólo haber escupido sangre por mi garganta lastimada.

Pero lo que jamás olvidaré, por lo que jamás dejaré de odiarle, fue lo que sentí cuando me asomé a la ventana y la vi darme la más grande...irónica...bellísima: sonrisa.
Sin poder contenerme un minuto más me eché a llorar mientras miraba a la ventana. Lloré de una manera inconsolable.






Comentarios

Entradas populares