Casa
Hace algunos años, la luz dejó de funcionar en casa. No había poder humano que nos devolviera la electricidad. Nos acostumbramos a sobrellevarlo pero al final, nadie puede prescindir de luz.
Intentamos reemplazarla con velas y lámparas, pero ciertamente era insoportable tanto calor. Buscamos opciones, ausentarse y vagar por otros espacios fue la solución. Comenzaba a hacerse costumbre la ausencia de personas en la casa, que ya no parecía casa, solo era un cuarto oscuro y pequeño en donde pasar la noche, a veces -la verdad es que siempre- la noche se pasaba mejor en otros lugares.
Un día lluvioso no nos quedó de otra más que refugiarnos bajo un techo. Y así, de pronto, una luz cálida parpadeó en el foco de la sala ¡Nos quedamos absortos! En un principio pensamos que quizá era el reflejo de alguna otra casa, pero la luz siguió tintineando dentro del foco, y poco a poco dejó de tintinear para volverse una tenue pero permanente luz que alumbraba una parte del techo enmohecido. Unos minutos después de mantenerse en ese estado, cobró más fuerza, habitando cada rincón, ahuyentando las alimañas, prendiendo el estéreo, tostando el pan. Pensar en casa nos parecía un sueño lejano e imposible. Con temor cerramos los ojos para dormir el primer día, pero la luz se quedó. Otro día y la luz permaneció. Una semana,luego dos...
La esperanza de que la luz se quede mantiene humor en casa, le pone colores al pequeño espacio, le devuelve la vida, ya no es un recuerdo, es una segunda oportunidad.

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