Del tiempo y sus fobias.
Al tiempo debe darle miedo no tener el control de nuestras almas.
Porque no tendría víctimas, no habría manera de predecir nuestra muerte en tanto que otra alma nos lleve consigo.
Al tiempo no le gusta recordar que tenemos alma. Prefiere arrugarnos, darle caducidad a nuestros órganos y trastornar si puede- o si lo dejamos- nuestras mentes.
Nos llamarán seniles, deschabetados.
Pero entre las rendijas que existen entre arruga y arruga, hay signos de nuestra lucha contra él. Rendijas que despiden rastros de almas traviesas, almas que se funden a través de besos en la piel.
Es cierto que le tiene miedo a dejarnos sentir, de que la lluvia no apague el fuego, de que los ruidos de la ciudad no apaguen los gritos. Le tiene pavor a la fusión de almas, arruga con arruga. Porque rompe con la idea del tiempo en si. Atraviesan años como si fueran minutos, rejuvenece o avejenta, saltando entre quienes gozan de su propio compás.
El tiempo no puede comerse un alma que- entre tus arrugas y las mías- se guarda tranquila. Hundida e inmortal.
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